Los tesoros mejor guardados de Nahuelbuta

El Mercurio – Domingo
Iván Silva Inostroza, desde la Región de La Araucanía

Esta sección de la cordillera de la Costa es un destino en sí. Tanto que el año pasado se la incluyó en una lista de ‘los 100 destinos verdes’ del mundo. En estas experiencias se encuentran algunos de los argumentos para ese reconocimiento.

Con rumbo desconocido, una bandada de aves avanza sobre los bosques de Nahuelbuta (en lengua mapuche, ‘tigre grande’), el parque nacional en la Región de La Araucanía, enclavado en lo alto de la cordillera del mismo nombre, que guarda rincones con tanto encanto que parece locación de película.

En los 36 kilómetros de extensión de la Ruta R-150-P, entre Angol y Nahuelbuta, hacia el oeste de la provincia de Malleco, se aprecia perfectamente la vegetación del valle próximo al parque, con el intenso verde de los árboles, plantas y arbustos que lo cubren todo. De hecho, la panorámica es tan privilegiada que si el viaje terminara aquí, ya valdría la pena la hora de travesía que llevamos. Pero claro, nada de esto se compara con las que ofrece el resto del área, y que veremos pronto.

El objetivo de este circuito era sencillo. Había que llegar a tiempo para ver la puesta del sol en el punto más simbólico del parque: la llamada Piedra del Águila, una formación rocosa a 1.400 metros de altura, que tiene más de 300 millones de años de antigüedad y desde donde se logran unas vistas alucinantes.

Pero falta para eso. Mucho antes de pensar siquiera en el mirador, hay que estacionarse cerca del camping Pehuenco y de una oficina de guardaparques. Desde este punto inicia un circuito de dos horas por un sendero que también se llama Pehuenco, y que tiene un nivel de dificultad considerado medio.

Mientras caminábamos, los árboles que flanqueaban el sendero parecían en verdad cubrirlo todo. Tras casi media hora de caminata, estábamos completamente insertos en el bosque nativo. Había ñirres, coigües, lengas y unas araucarias corpulentas. Una escena que era complementada con la aparición de un pájaro carpintero que repiqueteaba contra la corteza de algún tronco cercano.

A medida que avanzamos, divisamos una gigantesca Araucaria araucana. Se trata de un ejemplar conocido como Araucaria Milenaria, que, según nos dice el guía Sebastián Jara, tiene alrededor de 1.500 años, lo que la convierte en la más longeva de este parque. Un dato numérico que, de alguna forma, empalidece ante su apariencia: un tronco recto, cilíndrico, grueso, interminable…

Jara explica que este lugar es el único en la cordillera de la Costa donde se encuentran araucarias.

—Tenemos la misión de protegerlas, porque están en peligro de extinción —dice, con algo de preocupación sobre el estado de la especie—. El arrase de las forestales ha eliminado cada año a muchos ejemplares. No se les veía el valor que tienen para la sociedad, por tanto llegaban y las cortaban. Eso hay que evitarlo al educar a la población.

Jara conoce bien la zona. Vive en Angol desde niño.

—Esto de recorrer estos paisajes parte desde pequeño. De cuando salía en familia para recorrer y acampar en distintos lugares de la región —recuerda sobre esa etapa, que se interrumpió en 2013, cuando debió salir para estudiar. Luego de volver a su ciudad natal, dice, comenzó a dedicarse al turismo, actividad en la que ya lleva unos cuantos años a través de su emprendimiento Weñimahuida Turismo (en Instagram, @wenimahuidaturismo), con la que organiza recorridos en los parques nacionales Nahuelbuta, Tolhuaca y Conguillío, además de circuitos en Angol y en localidades como Los Sauces, Purén, Lumaco y Traiguén.

A eso se suma el arriendo de bicicletas, aunque los servicios principales que produce son los ruteros de día completo, que incluyen todo, desde el transporte, las entradas a los sitios, desayunos y toda la descripción necesaria para conocer, y entender, la flora y fauna de los lugares a los que van. Y además están las salidas especiales, que consisten en ir hasta la Piedra del Águila.

—Todo para ver el amanecer y el atardecer —explica.

En busca de la luz

Mientras ascendemos por una escalinata de madera, instalada a orillas de un acantilado, se oye el enérgico canto de las aves, que advierten sobre la presencia humana en el sector.

Ya instalados en la Piedra del Águila, la panorámica que tenemos permite mirar en 360 grados. Y hacia donde sea que uno gire encontrará paisajes sencillamente monumentales. Hacia el oeste están la isla Mocha y el océano Pacífico. Al este, un grupo de volcanes emplazados en la cordillera de los Andes, entre los cuales se identifica al Nevados de Chillán, Antuco, Sierra Velluda, Callaqui, Tolhuaca, Lonquimay, Llaima y hasta el Lanín. Incluso hacia arriba, donde el cielo se vuelve intensamente rojizo por efecto de la puesta del sol.

La fotógrafa Adriana García, que vino para retratar el ocaso, contempla el momento. Más tarde dirá al respecto:

—La sensación lleva a dejarte sin palabras. Te vas para adentro, porque es un momento en el que el paisaje sorprende. Es tal su belleza que no dan ganas de gritar ni saltar. Emociona lo hermoso que es, ya que es una comunión con la naturaleza todo el rato. Eso te hace meditar, adorar y amar la tierra para respetarla y cuidarla.

Pero el final del día y el comienzo de la noche no eran lo único que esta fotógrafa tendría a mano para contemplar. Una alternativa, quizás más cautivante, era observar cómo el sol se asomaba más allá de la cordillera andina, a eso de las 7 de la mañana. También lo recordaba bien:

—Para el amanecer, el sonido de los pájaros es como tener una orquesta alrededor. En realidad, amanecen todos los seres vivientes que nos rodean. Es un coro que te deja en silencio, y obliga a respirar profundo, a observar, a sentir y dejarte llevar por el paisaje. Esto sorprende y emociona por lo lindo que es, y porque no queda tan lejos.

Aunque hasta ahora el mirador de Piedra del Águila es considerado prácticamente el principal atractivo del Parque Nacional Nahuelbuta, también hay alternativas para conocer. Está, por ejemplo, la Casa de Piedra, otra roca, singular, que tiene la forma de un refugio, que resulta de interés geológico y se encuentra en el sendero del mismo nombre.

Jara explica que, de acuerdo a investigaciones, esta formación rocosa tiene sobre 300 millones de años, y el tiempo modeló su forma actual a punta de lluvias, entre otros factores ambientales. Alguna vez, dice el guía, sirvió de guarida para recolectores y cazadores que en el pasado habitaban esta zona, quienes tenían como un elemento destacado en su dieta los abundantes piñones que podían encontrar en el lugar.

El cerro Anay (nombre mapudungun que significa ‘amigo’) es otro de los objetivos que se puede buscar al visitar el parque. Con 1.400 metros de altura, su cima permite lograr una vista todavía más panorámica del cordón volcánico que va desde los Nevados de Chillán hasta el Villarrica, y donde es un espectáculo apreciar el amanecer, mientras la luz se asoma tras las montañas.

Desde este sector, igualmente se pueden contemplar los valles de Angol, Mininco, Renaico y Nacimiento. Y se llega por un camino de tierra rumbo al noreste del parque, que atraviesa un pequeño bosque en el que florecen orquídeas, añañucas, líquenes y liutos. Otros tesoros que valen detenerse un rato más.

Paraíso verde

En el pasado, destaca Cristian Cofré, que es el subdirector del proyecto Gestión de la Innovación Turística para el Destino Nahuelbuta, buena parte de lo que es el parque nacional era escenario ritual para el pueblo mapuche. Los integrantes de sus comunidades venían cerro arriba, igual que nosotros, pero con otros fines: buscaban abastecerse, además de nutrir su espíritu.

—A diferencia de la cordillera de los Andes, no hay mapuches en la parte más alta de este lugar. Están en los microclimas que tiene Malleco en los puntos bajos del parque, donde existen fuentes de agua. Ellos subían a recolectar el pehuén, y para tener ese vínculo con esta concepción de la montaña en un espacio mucho más ceremonial —dice.

Para comienzos del siglo XX, explica Cofré, una colonia misionera metodista (con integrantes de distintos lugares del mundo) llegó y se instaló en Angol.

—Ahí venía Dillman Bullock, un pastor y naturalista estadounidense, que reconoció en este lugar algo esencial. Eso lo llevó a hacer gestiones para crear el parque, y estableció que aquí había especies que no se encontraban en otros lugares.

Con todo, no fue sino hasta 1939 que esta zona fue declarada parque nacional por el que entonces se llamaba Ministerio de Tierras y Colonización, actual Ministerio de Bienes Nacionales, asegura Cofré. Eso permitió realizar reformas para proteger de manera más efectiva la riqueza natural de estas casi 7 mil hectáreas.

Y así es como recientemente, en 2021, Nahuelbuta apareció —con Rapa Nui, Chaitén y Futaleufú— en la lista de ‘100 destinos verdes del mundo’, de Greens Destination, una ONG de Países Bajos. Un reconocimiento relevante para un lugar que justo busca potenciar esa imagen, además de sus alternativas turísticas en cuanto a riqueza gastronómica, la multiculturalidad y su patrimonio histórico.

—Lo que hicimos fue establecer una línea de base para entender qué patrones se repetían en las cinco comunas que están a los pies del parque (Angol, Los Sauces, Purén, Lumaco y Traiguén). Cuando nos dimos cuenta de que había similitudes y conexiones, vimos que los temas patrimoniales y multiculturales se replicaban en esas comunas. Desde Malleco, junto al ferrocarril, se instalaron y distribuyeron muchos migrantes que respondieron al llamado colonizador. Por eso, el patrimonio y la multiculturalidad tienen un arraigo tan fuerte en la provincia de Malleco. Tenemos expresiones gastronómicas que hablan de eso. Es decir, podemos desayunar en una ruca mapuche, almorzar pastas italianas, tomar once campesina y cenar comida suiza sin dificultad en este lugar —asegura Cofré,

María Canales, nacida y criada junto al parque, sabe recolectar desde pequeña, y continúa la herencia familiar con su emprendimiento Frutos Campestres Nahuelbuta, a través de la cual trabaja con mosquetas, moras, avellanas, murtillas.

En una casona rústica que construyó su familia, María ofrece a los visitantes comidas típicas de la zona.

—Con mi mamá y mi cuñada hacemos tortillas al rescoldo, tenemos mermeladas caseras, huevitos del sector, cazuela de ave, corderitos y cerdos, además de postres, mermeladas de avellanas y jugos naturales de los frutos locales. Son cosas antiguas que se rescatan ahora.

En 1930, tras dejar Perú, el abuelo de María Canales puso sus pies en esta zona. Era uno de tantos inmigrantes que llegaron por la misma época para trabajar en la agricultura.

—Dicen que sus padres escaparon de algunas guerras. Eran tres hermanos y nunca se juntaron acá en Chile. Mi abuelo se quedó en la cordillera de Nahuelbuta. De esa descendencia venimos nosotros. Mi papá trabajó en un fundo cercano y así empezó a surgir la familia —recuerda Canales un rato antes de despedirnos.

Más allá, en El Manzano, Leslie Yissi lleva tres años viviendo cerca del parque y es la dueña de Cabañas Cordillera Nahuelbuta (en Instagram, @cabanascordilleranahuelbuta). Era de Angol, ‘pero me enamoré de este sitio y cambié mi vida anterior por la de acá. No me fui nunca más. ¡Ahora voy de visita a la ciudad!’.

Primero instaló dos cabañas. Después, una piscina. Actualmente tiene hasta un telescopio para que los forasteros contemplen las estrellas, aprendan sobre constelaciones, vean cráteres lunares y algunos planetas.

—Tenemos cielos con poca contaminación lumínica, lo que hace muy posible realizar astroturismo —dice Leslie.

Es cierto. La contaminación lumínica acá es mínima, así que el panorama promete. Lo mismo que el trabajo que se realiza para conservar el parque lo más intacto posible. Justamente lo que buscan cada vez más viajeros que llegan en busca de naturaleza pura. Lo que aquí sobra.

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